Los que dejan de escribir

El miércoles pasado, en la sesión dedicada a El llano en Llamas de Juan Rulfo, nos preguntamos por qué este autor dejó de escribir, después de su novela Pedro Páramo. Es decir, por qué estuvo sin publicar un libro, durante treinta y un años, hasta su fallecimiento en 1986. Según Vila-Matas (Bartleby y compañía), su caso no es excepcional en la historia de la literatura, pues algo similar les sucedió a Rimbaud, quien tras publicar su segundo libro, cuando tenía diecinueve años, abandonó su actividad literaria, para dedicarse a la aventura; o a Salinger, que es autor únicamente de El guardián entre el centeno y una decena de cuentos, lo cual no deja de ser sorprendente.

Juan Rulfo confesó que ignoraba de dónde salían las intuiciones para escribir Pedro Páramo; pero que fue como si alguien se lo dictara. Después del éxito de esta novela, cuando le preguntaban por qué no había vuelto a escribir, solía responder:

“-Es que se me murió el tío de Celerino, que era el que me contaba las historias.”

Y es verdad que este personaje existió, no es ningún invento de él. “Era –dice Vila-Matas- un borracho que se ganaba la vida confirmando niños. Rulfo le acompañaba muchas veces y escuchaba las fabulosas historias que éste le contaba sobre su vida, la mayoría inventadas”.

Esta explicación no nos pareció muy creíble, sino más bien un recurso del escritor para salir del paso ante las insistentes preguntas. Otra posible explicación -según José ángel- es el temor de no estar a la altura literaria de Pedro Páramo.

María, en la presentación del autor, recordó algunos aspectos de su biografía: su nacimiento, en el seno de una familia adinerada, en 1918, en Apulco, estado de Jalisco, aunque fue registrado en Sayula; la rebelión cristera, que provocó el asesinato de su padre, en 1923, y la ruina de la familia, que perdió todas sus posesiones; el fallecimiento también de la madre cuatro años después y su ingreso en un orfanato, del que guarda pésimos recuerdos; sus estudios, primero, de contabilidad y, luego de derecho; su trabajo en la administración para controlar la entrada de inmigrantes; los dos premios más importantes que recibió: el Nacional de las Letras, en 1970, y el Príncipe de Asturias, en 1983; y su fallecimiento en Ciudad de México, en 1986.

Juan Rulfo se sitúa, dentro de la narrativa hispanoamericana del siglo XX, en la etapa de superación del realismo, que se da a partir de 1940, y que supone una renovación, con la incorporación de lo fantástico, entremezclado con lo real. Son escritores contemporáneos suyos: Jorge Luis Borges, del que ya hemos hablado en el club de lectura; Miguel Ángel Asturias, cuya novela más conocida es El Señor Presidente, donde aborda el tema de la dictadura; y Alejo Carpentier, autor de la novela El siglo de las luces, donde trata de la revolución.

En el turno de opiniones breves sobre el libro, Mª Carmen comentó que el paisaje de El llano en llamas, en concreto el del cuento titulado “Nos han dado la tierra” le había recordado al de la novela Intemperie de Jesús Carrasco, por su soledad y aridez. El libro, en su conjunto -añadió- le había encantado. Además, aunque trata de la parte más negativa de la naturaleza humana, no se recrea en ella.

Para José Ángel el paisaje es un reflejo del estado de ánimo y, en este sentido, el libro le parece desolador. Valoró la extraordinaria capacidad de sugerencia del escritor y encuentra tres niveles de lectura: la que tiene que ver con la anécdota, la política y la metafísica.

Miguel manifestó su incredulidad sobre que el tío Celerino le contara los cuentos, porque, en su opinión, lo que escribe Juan Rulfo, sobre todo en lo referente al paisaje, lo ha tenido que vivir. Reconoció que no había disfrutado leyendo el libro, porque lo que se cuenta, con la excepción de “Anacleto Morones”, es muy duro, una dureza que tiene que ver sobre todo con la rebelión cristera, que padeció el propio escritor, pues tuvo consecuencias terribles para su familia.

Inés nos reveló que, primero, había escuchado los cuentos y, después, los había leído, lo cual le había permitido captar todo el dramatismo y la violencia soterrada que contienen.

Víctor se había sentido atraído por la originalidad del léxico, con abundantes términos del habla campesina mexicana. Y añadió que incluso le habían gustado situaciones que se repiten, como ese vagar sin rumbo de los personajes.

Benito admitió que había habido momentos en que quería dejar la lectura por la dureza de un paisaje, que él no reconoce en el México que visitó, hace años, pues Juan Rulfo describe un paisaje interior, casi humano y desolador. En cambio, sí había captado sensaciones, como el olor a gallináceas, así como el léxico campesino, incluido el uso de diminutivos. En conjunto, los cuentos le habían recordado a películas, como “¡Viva Zapata!”.

Carmen valoró, por encima de todo, la capacidad para sugerir en pocas palabras sentimientos, como la soledad y la tristeza, lo cual sólo está al alcance de los grandes escritores.

María, finalmente, confesó que, aunque había empezado a leerlo por obligación, el libro le había ido seduciendo poco a poco y le había gustado muchísimo, especialmente la forma de contar las historias y la capacidad de sugerencia.

Sobre el punto de vista narrativo, comentamos que la mayoría de los cuentos están escritos en primera persona, lo cual los acerca a la oralidad, hasta el extremo de crearnos la sensación de estar escuchando, en lugar de leyendo. En particular, nos había llamado la atención un cambio en la fórmula de tratamiento, que se produce en “No oyes ladrar a los perros”, pues el padre pasa de tutear al hijo a hablarle de usted, para echarle en cara su conducta violenta.

Hablamos de la concepción circular del tiempo, porque lo que ha sucedido en el pasado es lo mismo que sucede en el presente y que sucederá en el futuro, sin que los personajes puedan hacer nada por evitarlo. Por tanto, hay una especie de fatalismo que se cierne sobre ellos. Es el caso de Pichón y su hijo, quienes en el cuento titulado “El llano en llamas” se llaman igual y están condenados a vivir de la misma manera, aunque el padre fuera un bandido y el hijo no.

Igualmente, nos referimos al título del libro “El llano en llamas”, un sintagma que, además de sugerirnos el ritmo de la prosa de Juan Rulfo, connota la sensación de aridez de esa tierra desolada, en la que habitan seres tristes, esquivos y resignados.

Coincidimos en valorar la sobriedad y la sencillez del estilo, con abundantes términos y expresiones populares, aunque también hay pasajes, donde Juan Rulfo demuestra su capacidad para describir, mediante imágenes expresivas y sugerentes, y un extraordinario sentido del ritmo:

  • “Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye a mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos.”
  • “Allá llueve poco. A mediados de año, llegan unas cuantas tormentas que azotan la tierra y la desgarran, dejando nada más el pedregal flotando encima del tepetate. Es bueno ver entonces cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro dando tumbos como si fueran vejigas infladas; rebotando y pegando de truenos igual que si se quebraran en el filo de las barrancas.”

También estuvimos de acuerdo en considerar a los personajes no sólo como seres de ficción, sino también como arquetipos, pues representan la parte más desventurada del ser humano. De hecho carecen de un rostro que los individualice, porque son personas normales y corrientes.

Nos detuvimos a comentar algunos cuentos:

  • “Macario”, que el propio Rulfo quiso eliminar de algunas ediciones del libro, por su parecido con Faulkner, en cambio, a los asistentes a la sesión nos pareció magnífico, sobre todo por la ternura y compasión que despiertan los personajes, y por cómo vamos conociendo poco a poco que el narrador de la historia es un deficiente mental.
  • “Nos han dado la tierra” plantea la contradicción de que a cuatro hombres les han dado una porción de tierra, aplicando una de las medidas sociales de la revolución; pero la tierra es seca e incultivable, además de peligrosa.
  • “Es que somos muy pobres”, pone de relieve también otra paradoja: la única lluvia que cae, en ese llano árido y seco, es una riada, que acaba con la esperanza de que la joven Tacha sea una mujer decente: la vaca Serpentina, que le había regalado su padre.
  • En el titulado “Paso del Norte” se refleja el México de los cincuenta, cuando se produce la emigración de los campesinos de Jalisco, a causa de la infertilidad de las tierras, del desarrollo industrial y del crecimiento acelerado de las ciudades, lo mismo que ocurrió en España, una década más tarde, con la masiva emigración al Norte del país y a Alemania.
  • “Luvina”, un pueblo, especialmente árido, que está habitado únicamente por mujeres vestidas de negro y donde el tiempo es muy largo, pues “nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupa cómo van amontonándose los años. Los días comienzan y acaban. Luego viene la noche. Solamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza”. Es el cuento preferido de Juan Rulfo y de algunos de los presentes en la sesión, y el que mejor anticipa lo que sería después su novela Pedro Páramo.
  • Y finalmente hablamos de “Anacleto Morones”, que nos pareció un contrapunto a todos los demás cuentos, un desahogo a tanta tristeza y violencia, porque el tal Anacleto, al que un grupo de “beatas” quiere canonizar, está lejos de reunir las cualidades de un santo. Una de las mujeres, después de mantener relaciones sexuales con el narrador, nos lo descubre: “El niño Anacleto. Él sí que sabía hacer el amor”.

La guinda a la sesión, la puso Benito, en cuyo teléfono móvil, pudimos escuchar emocionados la lectura en alto de “No oyes ladrar los perros”, en la voz del propio Juan Rulfo, una voz seca, directa y sin efectismos especiales, como el estilo en el que están redactados sus cuentos.

Próxima lectura: Tren nocturno de Martin Amis, a propuesta de María. Hablaremos de este libro el 29 de noviembre, miércoles, a las 17:30, en la biblioteca del centro.

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