“Me gusta estar más con las cosas que con las personas”

Esta es una frase de Lampedusa, autor de El Gatopardo, que probablemente defina también al protagonista de esta novela, Don Fabrizio, último representante de la Casa de Salina, que se siente especialmente feliz con las cosas que le rodean. Sirva como ejemplo esta descripción de las pinturas del cielorraso de su palacio de Palermo, donde los dioses y animales mitológicos cobran vida en honor a la familia: “En el fresco del cielorraso las divinidades se despertaron. Las escuadras de tritones y de dríades, que desde los montes y los mares se precipitaban entre nubes frambuesa y ciclamen hacia una transfigurada Conca d’Oro para exaltar la gloria de la Casa de los Salina, surgieron de pronto tan plenas de regocijo que las más elementales reglas de la perspectiva quedaron anuladas; y los dioses mayores, los príncipes entre los dioses, fúlgido Júpiter, ceñudo Marte, lánguida Venus, que habían precedido a la turba de los menores, sujetaban complacidos el escudo azul con el Gatopardo. Sabían que por otras veintitrés horas y media volverían a ser los amos de la villa”.

María fue la encargada de presentar al autor de El Gatopardo, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que nace en 1896 en Palermo, en el seno de una familia aristocrática. Desde niño, aprende las principales lenguas extranjeras; pero, a los veinte años, es obligado a abandonar sus estudios para participar en la Primera Guerra Mundial, donde es hecho prisionero.
Durante uno de sus numerosos viajes al extranjero, se casa con Alessandra Woll-Stomersee, una de las pioneras del psicoanálisis en Italia. Con el grado de capitán participa también en la Segunda Guerra Mundial.

Fue un hombre solitario y un lector voraz que llegó a acumular una biblioteca de más de 4.000 volúmenes, sobre todo de literatura inglesa y francesa. Conoció también la literatura española, sobre todo la del Siglo de Oro, gracias a su hijo adoptivo, Gioacchino Lanza Tomasi.
Entre 1955 y 1956, escribe El Gatopardo, novela que había ido gestando durante mucho tiempo. Desgraciadamente, no se publicó hasta 1958, un año después de su muerte, y, aunque fue denigrada por críticos de izquierda, basándose en razones ideológicas, no sólo consiguió éxito de ventas, sino también el Premio Strega, en 1959, máximo galardón literario en Italia.

El turno de opiniones breves sobre la novela lo comenzamos con la que nos envió por correo electrónico Matías Fernández, nuevo miembro del Club de Lectura, que no pudo asistir a la sesión, y a quien había interesado especialmente el doble proceso histórico de sustitución: el de la aristocracia por la burguesía y el de la monarquía de los Borbones por la de los Saboyas. Además, entre los personajes, destacó a don Fabrizio, que unas veces se muestra amable y otras cáustico; pero que se siente superior a los demás por su educación y por la clase social a la que pertenece. Hay una frase que lo define: “¿Qué sería de mí, de un legislador inexperto que carece de la facultad de engañarse a sí mismo, requisito esencial en quien quiere guiar a los demás?”.
Enrique resumió su opinión así: “Esto sí es una novela; la fama no te la regala nadie”. Los personajes que crea Lampedusa son complejos, porque evolucionan; la historia está bien trabada y con interés histórico; y el estilo se ajusta a lo que cuenta.

Para José Ángel leer El Gatopardo ha sido una gozada en forma y fondo. Añadió que la primera parte de la misma le parece deudora del siglo XIX, por su linealidad; y la segunda, en cambio, sobre todo los capítulos séptimo y octavo, donde se producen sendos desplazamientos bruscos hacia el futuro, la acercan más a la novela experimental.

Víctor reconoció no haber tenido tiempo de reposar su lectura, aunque se queda con los personajes y con el sentido del humor del que hace gala Lampedusa, por ejemplo, cuando el padre Pirrone se encuentra con el cuerpo desnudo de don Fabrizio: “La figura del príncipe en estado adánico era un espectáculo inédito para el padre Pirrone. El sacramento de la penitencia lo había familiarizado con la desnudez de las almas, pero la de los cuerpos le era bastante menos habitual; podía escuchar sin pestañear la confesión, por ejemplo, de una intriga incestuosa, pero se turbó al encontrarse con aquella inocente desnudez titánica”.

Clara, primero, explicó sobre un mapa, que nos había enviado Matías, la división de Italia, antes de la reunificación. Después, confesó que, al estudiar historia, siempre había tenido en cuenta la frase que le dice Tancredi a su tío don Fabrizio: “Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”. En su opinión, la novela expresa muy bien la melancolía del pasado, el final de una sociedad y el principio de otra; y le encanta especialmente el ambiente decadente en el que se desarrolla la historia.

Para Benito también ha sido un placer la relectura de esta novela a la que se había acercado, cuando estudiaba en la Universidad, después de ver la película homónima de Visconti. Volver a leerla le ha permitido reencontrarse con personajes secundarios, como Concetta, que tiene una importancia capital. Igualmente, le ha llamado la atención la relación entre el Príncipe y su hijo mayor, Francesco Paolo, la cual le ha recordado a la relación que él mantenía con su padre.

Lola definió El Gatopardo como una novela barroca, tanto por los temas que aparecen (el desengaño, la apariencia falsa de la realidad, la decrepitud, la muerte…), como por el lenguaje preciosista que utiliza Lampedusa. El clímax, en su opinión, se consigue en dos momentos: el diálogo entre don Fabrizio y el senador que le propone formar parte de la Cámara Alta; y el que mantienen el herbolario y el padre Pirrone, en especial, cuando el primero se queda dormido y el segundo continúa hablándole, como si nada hubiera pasado.

Carmen comentó que, al principio, con tanta descripción le había costado entrar en la novela; pero que su lectura había ido ganando, progresivamente, hasta un final inesperado y simbólico, que le había encantado.

Y María confesó que la había disfrutado, en su época universitaria, y la ha vuelto a disfrutar ahora, sobre todo por el tono emocional que transmite. Se cuenta la decadencia de una clase social, pero también de una vida, como sucede en La muerte en Venecia de Thomas Mann. Le pondría dos músicas: la 5ª de Gustav Malher y el segundo movimiento de la 1ª Sinfonía de Georges Bizet.

En el debate propiamente dicho, comentamos que se trata de una novela histórica, no sólo porque recoge acontecimientos históricos concretos, con hechos y personajes reales, como la llegada de Garibaldi a la isla, que provocó la caída de los Borbones y la unificación italiana, sino también porque la historia ficticia que se cuenta está basada en antepasados del propio autor.

El punto de vista narrativo corresponde a una tercera persona del plural, que reflexiona sobre lo que cuenta: “pero este es un asunto demasiado importante para tratarlo de pasada, de modo que nos limitaremos a decir que aquella salida heráldica de don Calogero le deparó al príncipe el incomparable goce estético de asistir a la encarnación perfecta de un tipo, y la risa contenida endulzó tanto su boca que llegó a sentir náuseas”. También mencionamos que esta voz narradora sabe situarse en la perspectiva de los personajes, especialmente, en la de don Fabrizio y su mirada aristocrática de la vida.

Con respecto a la estructura interna, coincidimos en que avanza, cronológicamente, hasta el capítulo sexto, aunque, en ocasiones, se producen elipsis, que nos obligan a imaginar lo que ha podido suceder, por ejemplo, en el encuentro sexual con la joven prostituta, que satisface las necesidades perentorias de don Fabrizio; y en otros momentos utiliza el salto atrás, como el que da cuenta de las penalidades del viaje a la casa de veraneo, cuando ya están a punto de llegar. En cambio, en los dos últimos capítulos, se producen dos prolepsis o saltos hacia el futuro, de gran eficacia narrativa.

Asimismo, valoramos muy positivamente el final, que se ha interpretar en clave simbólica, pues el perro Bendicó, o lo que queda de él, representa a la clase social de los Salina. Por eso, arrojar su momia apolillada por la ventana supone también el fin de la misma.

Entre los temas que aparecen en la novela, comentamos:

La decadencia de la sociedad aristocrática que se aprecia en pequeños detalles deslizados con sutilidad por Lampedusa. Por ejemplo, en la descripción de la mesa, dispuesta para servir la cena, donde se indica que el mantel estaba remendado y los platos “eran supervivientes de los estragos producidos por los galopillos y procedían de servicios distintos”.

La vida entregada al ocio y los placeres, como las jornadas de caza en las que participa diariamente don Fabrizio: “Por lo demás, al príncipe las jornadas de caza le deparaban un placer que no dependía tanto de la abundancia del botín como de una multitud de pequeños episodios. Nacía mientras se afeitaba en el cuarto aún en sombras y la luz de la vela confería un aire teatral a sus movimientos al proyectarlos sobre las arquitecturas pintadas en el techo; crecía mientras atravesaba los dormidos salones y, alumbrado por la llama vacilante, iba esquivando las mesas, donde, entre naipes en desorden, fichas y copas vacías, asomaba el caballo de espadas augurándole viriles hazañas; mientras recorría el jardín inmóvil bajo la luz gris y los primeros pájaros de la madrugada agitaban las plumas para sacudirse el rocío…”

El amor entre Tancredi y Angélica, que no es verdadero sino interesado: “Ninguno de los dos era bueno, ambos tenían sus intereses, tanto ella como él alimentaban secretas aspiraciones; pero resultaba agradable y enternecedor verlos bailar mientras sus turbias pero ingenuas ambiciones se iban esfumando entre las cariñosas, alegres palabras que él le musitaba al oído, el perfume que envolvía la cabellera de la joven, y el abrazo en que acababan fundiéndose sus cuerpos destinados a morir.”

La muerte, porque en la novela se narra la de don Fabrizio y la de su clase social: la aristocracia. El propio personaje tiene conciencia de que con él desaparece el mundo al que pertenece: “Era inútil que intentara convencerse de lo contrario: el último Salina era él, el escuálido gigante que en aquel momento agonizaba en el balcón de un hotel. Porque un linaje noble solo existe mientras perduran las tradiciones, mientras se mantienen vivos los recuerdos; y él era el único que tenía recuerdos originales, distintos de los que se conservaban en otras familias”.

Y las dos imágenes contrapuestas de Sicilia y los sicilianos: por un lado, la de Chevalley que cree en la capacidad de transformación y de adaptarse a los cambios de estos; y por otro, la de don Fabrizio que está convencido de su conservadurismo: “Los sicilianos jamás querrán mejorar por la sencilla razón de que se creen perfectos; en ellos la vanidad es más fuerte que la miseria; toda intromisión de extraños, ya sea por el origen o –si se trata de sicilianos–por la libertad de las ideas, es un ataque contra el sueño de perfección en que se hallan sumidos, una amenaza contra la calma satisfecha con que aguardan la nada; aunque una docena de pueblos de diversa índole hayan venido a pisotearlos, están convencidos de tener un pasado imperial que les garantiza el derecho a un entierro fastuoso.”

En cuanto a los personajes, nos detuvimos en los siguientes:

Don Fabrizio que se siente así: “Soy un representante de la vieja clase y me siento por fuerza comprometido con el régimen borbónico al que me liga el sentido de la decencia, ya que no el afecto. Pertenezco a una generación infeliz, a caballo entre los viejos tiempos y los nuevos, que no se encuentra a gusto en estos ni en aquellos. Además, como ya lo habrá advertido usted, no tengo ilusiones; ¿qué haría conmigo el Senado, con un legislador inexperto e incapaz de engañarse a sí mismo, facultad imprescindible para cualquiera que se proponga guiar a los demás?”. Acepta con estoicismo los cambios que se están produciendo, sin actuar ni a favor ni en contra.

Don Calogero, padre de Angélica y alcalde del pueblo de Donnafugata, donde pasan los meses de verano don Fabrizio y su familia, que pertenece a la burguesía y se ha enriquecido con operaciones poco éticas. Su comportamiento tosco contrasta con las buenas maneras de don Fabrizio: “el alcalde avanzaba por el bosque de la vida con la seguridad de un elefante que, arrancando árboles y aplastando madrigueras, camina en línea recta sin advertir ni siquiera los arañazos de las espinas y los gemidos de sus víctimas. En cambio al príncipe, educado en pequeños y amenos valles recorridos por los céfiros corteses de los «por favor», «te agradecería», «me harías la merced», «has sido muy amable», las charlas con don Calogero lo transportaban a un páramo barrido por tiempos estériles…”.

El padre Pirrone, de origen humilde, que había llegado a ser sacerdote en la casa de Salina y hombre de confianza de don Fabrizio. Conocía cómo funcionaba la vida, con independencia de la posición social que se ocupe o de la riqueza que se posea. Así, lo demuestra al resolver su asunto familiar o pasando por alto la vida licenciosa de don Fabrizio, que acudía a confesarse con él, después de haber sido infiel a su mujer.

Tancredi que es entusiasta e inteligente, y representa al sector de la nobleza que se sabe adaptar a los nuevos tiempos: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”. Por eso, es apreciado por el Príncipe de Salina, que lo prefería a su pánfilo primogénito. Su matrimonio con la hija de don Calogero es por interés, pues él carece de fortuna.

Y Angélica que es la representante indiscutible de la atractiva, valiente y audaz clase burguesa. Su casamiento tampoco es por amor sino por interés, ya que aspira a lo que al final consigue: ser princesa.

Finalmente, elogiamos el estilo de Lampedusa, que destaca por la brillantez de sus imágenes, su sentido del humor y su extraordinaria capacidad para describir: “Ahora la calle corría entre naranjales en flor y el aroma nupcial del azahar anulaba todo el resto como anula un paisaje el plenilunio: el olor de los caballos sudados, el olor a cuero de la tapicería, el olor a príncipe y el olor a jesuita, todo quedaba borrado por aquel perfume islámico que evocaba huríes y un más allá colmado de placeres carnales.”

Próxima lectura: Tea rooms de Luisa Carnés, considerada la más importante narradora de la Generación del 27, aunque desgraciadamente desconocida. En esta novela, de la que hablaremos el 26 de junio, miércoles, a las 11:30, nos traslada su experiencia como empleada en un salón de té.

Os recuerdo que, después de la sesión del Club de Lectura, nos quedaremos a comer en un restaurante cercano.

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